martes, 17 de noviembre de 2009

Crónicas desde Jerusalem




Nuestro amigo Rodrigo, desplazado a Jerusalem por causas solidarias, nos ha envíado esta crónica que, con su permiso, transmito desde aquí:

Hoy es viernes. En Madrid eso significa fiesta. Aquí también, pero de otro tipo.
Hoy es viernes. No es un día santo para los judíos, pero a la caída del sol empieza el sabbath, fiesta santa que continúa el sábado.
La nueva casa de Muriel es muy curiosa. Es pequeña, pero encantadora. Con cúpulas, puertas y ventanas de estilo árabe, lo mejor son las vistas. En pleno corazón de
la Ciudad Vieja de Jerusalén, el piso mira al muro de las lamentaciones y a la mezquita de Al Aqsa. La plaza del muro es ahora mismo un torrente de júbilo y amor divino. Pueden sentirlo cualquier día, supongo, pero da la casualidad de que a todos les sale ese subidón el viernes por la tarde. Gritos, cantos, abrazos, saltos y bailes…Cualquiera que no supiese dónde estamos juraría que es el botellonódromo de Granada a las 3 de la mañana.
Es el final de una jornada en la que Jerusalén se me ha metido por los poros, con todo su esplendor místico. Las tres culturas, judía, musulmana y cristiana, se han manifestado ante la santa paciencia de las milenarias piedras que han tenido la mala suerte de ser colocadas aquí y no en cualquier otro sitio un poquito menos demente.
Cansado del bullicio, cierro la ventana de la cocina. Me da igual si la conexión que pirateo del vecino pierde calidad. Pondré un poco de música y a relajarme. Tanto amor a Yavhé me supera.

.../

Esta mañana, al salir a la calle, la realidad me recordaba ya que no estaba en un sitio cualquiera.

Desde casa, en el centro de la Ciudad Vieja, hasta la puerta de Damasco, una de las más célebres de la Jerusalén amurallada, hay unos 10 minutos caminando. El recorrido se hace especialmente largo cuando te encuentras a cientos de fieles en procesión hacia la mezquita principal, Al Aqsa. Es hora de ir llegando al templo. Se nota que es viernes, día sagrado para el Islam. No hay más que ver a la gente ataviada con sus mejores galas. Va todo el mundo vestido de domingo…
Después de tomar un café con Muriel, vagamos de aquí para allá buscando las pocas tiendas abiertas que hay los viernes. Muriel necesitaba unos cuantos cacharros para su futuro hogar: la pintoresca casa de vistas sabáticas que ahora ocupo yo.
Seguimos nuestra búsqueda ¿Quizás algún cristiano en aquella esquina que tenga su tiendita abierta? Nada. En Jerusalén Este todo es difícil los viernes.
De vuelta a casa, muralla adentro, el empedrado de los callejones está mojado después de la lluvia. Es sorprendente lo resbaladizas que son estas calles cuando caen cuatro gotas. Tengo la sensación de que Jerusalén, o Dios, o quien sea, me quiere decir algo. ¿ Acaso es pecado ser ateo en la ciudad de la fe? ¿Es un “no pase usted por aquí, que es territorio creyente”? No sé si fue Dios el
que me lo dijo, pero tenía toda la pinta de un poli. Me paró en medio de la calle y me soltó algo en hebreo.
Y yo:
- ¿In english, please?
- Are you a muslim!? (¿Eres musulmán?)
- Eh?... Ummm, no.
- It’s closed! You cannot go through here (no puedes pasar por aquí. Cerrado).
-??????????????
(No entendía nada. ¡¡Por no ser musulmán no me dejaban pasar a un determinado sector de la ciudad!!)
- Mi house is over there.
(Mi casa está allí).
- Do you live there?
Ok, go on. (¿Vives ahí? Vale, pasa.)
Con cara de tonto, subí las escaleras de casa y creo que no se me quitó hasta pasado un rato.


Pero antes de mi amistoso encuentro con los policías, inexpertos de nosotros, Muriel y yo nos metimos por la calle que conduce a la mezquita justo a la hora en que la gente salía de la oración. Cientos, por no decir miles, de personas nos impedían seguir nuestro camino. Tuvimos que parar durante un largo rato. Era un torrente humano inacabable. La mayoría seguía su camino, en dirección a la puerta de Damasco. Algunos paraban a comprar alguno de los incontables artículos que los comerciantes habían sacado a la calle, aprovechando la ocasión.

Al rato de estar en casa volví a bajar. Quería verduritas para estrenar el nuevo hogar con una ensalada esta noche. Esta vez eran los cristianos los que llamaron mi atención con una misa callejera. En realidad, había una capilla en la que se estaba oficiando, pero había tanta gente y el recinto era tan pequeño que la calle se llenó de fieles deseosos por seguir la ceremonia. Faltaban pantallas gigantes que permitiesen ver lo que pasaba dentro, como es costumbre en las grandes competiciones deportivas. Había, sin embargo, tres clérigos llegados de alguna abadía medieval, que facilitaban la sed de santa palabra de los presentes con unos altavoces de 1m2 que llevaban colgados al cuello. Después de la experiencia de la mañana, con la avalancha islámica, aluciné al ver lo al día que está la Iglesia con la tecnología.

Todo sería curioso, pintoresco simplemente, si no fuese por el pequeño detalle de que este es el escenario de una ocupación militar que este año ha cumplido cuarenta y dos años. En 1967, después de la guerra de los Seis Días, las tropas israelíes entraron en Jerusalén Este, incluyendo la Ciudad Vieja, decididos a no irse jamás de aquí. Y desde entonces, sus rifles y uniformes color oliva patrullan las calles de este mosaico chispeante en que se ha convertido la célebre ciudad de Salomón, Saladino o Suleimán el Magnífico.

1 comentario:

Mijo dijo...

Preciosa crónica, Rodrigo, que, desde nuestro humilde blog, espero que disfruten un montón de gente.