

Mont-Louis, con sus fortificaciones Vauban y su horno solar, de los que no hay fotos pues pensamos que mejor era comprar una postal que no compramos.

Frambueseros silvestres.
Un río , La Têt, bañable y transitable. Los pies en el agua helada, río abajo, río arriba se curó el Barito la flebitis que empezaba a subirsele por los tobillos.
Ardillas, pájaros carpinteros, barecitos amables, mercadillos locales, baguettes et croissants au beurre.
Les Pyrénnées, majestuosamente amables.
Los serbales, cuyo nombre tuve en la punta de la lengua hasta que mi hija, vía wasap, me lo sopló al oído.


Seguimos la ruta que siguieron un siglo atrás , mis abuelos con mi padre en brazos , en una carreta llevada de una mula..

Esta novelita no iba de Japón sino de los poderes mágicos del Champagne tomado en ayunas. Sus burbujas se volvían de oro y explotaban por el cuerpo de la narradora creando a su paso, sensaciones psicodélicas.
Retomando uno de mis pasajes favoritos de mi documental mítico "Le bonheur , terre promise", este viaje de redención me fue llenando de burbujas doradas.
Cómo un animal al acecho, iba sintiendo la proximidad de algún recuerdo que de repente explotaba en mi con toda la fuerza de lo ya vivido y toda la claridad de una memoria recuperada.
Algunas de esas burbujas se deslizaron pesadamente hacía mi mano, dejando en su hueco gemas de color precioso.
Fueron la casa de mis abuelos, su calle, su patio. Los plátanos de la route de Prades. El puerto de Collioure.
Mañana hablaré de este embrujo, cuando recupere las fotos que se están subiendo a la nube, con esa lentitud digna de una memoria recién recuperada.
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