
Empezó el viernes por la noche. En casa Paco, como no. Todo el día preparando comida, y el
Chechu que viene tarde, y que no os preocupéis, que hacemos las judías a la luz de la luna.. y que así fue, dicen que les dan un sabor especial. Luego, más tarde aún, vino Paula y sus perros. Y la sobremesa que sigue. Sacamos el "licor de hierbas" que sabe a colonia, pero que está muy rico. Nos vamos a la cama. Los perros , en el patio, vigilantes, la Coba asustada, los gatos indignados. Conseguimos una nochecita corta pero nos levantamos el sábado con la energía a punto para afrontar el día.
Cada vez mejor. Más gente, más puestos, más ambiente. Vuelven los incondicionales y los abrazas y te alegras y se te sale el corazón de tanto cariño como les tienes a todos. Es lo mejor del Mercadillo, la gente maravillosa que te encuentras y te vuelves a encontrar. Este lazo tácito que se establece, persuadidos de estar haciendo algo grande, solidario, justo y de hacerlo todos juntos y cada vez mejor.

Mañana de trueque entre campanadas, risas y cachondeos. Los más ilusionados, los niños.. me refiero a los grandes y los pequeños, claro. Que si
"que bien me sienta este gorro", que si te cambio este
" cenicero que a mí no me gusta nada pero si a ti te vale..", que si "
¡ese microondas, justo lo que necesitaba!". Infinitas combinaciones, todo se mira, se toca, se cambia. Y el Salva que pierde las llaves del coche, y toda la plaza removida, levantada, sacudida en su busca. Llega la hora de comer en plena efervescencia cambiadora y buscadora de llaves. Se decide retrasar un poco, pero a

mí se me empiezan a quemar las lentejas. Pánico en la cocina. Cambio varias veces las ollas de fuego, me quemo, me deslomo (cada olla pesaba un tonal). Por fin me hacen caso. Se pone la mesa, se sacan las ollas. Los cazos, hay que llamar a Sonia nos falta uno. Despliegue de viandas, empanadas, una tortilla de.. ¡6 huevos!, canapés. Reparto de legumbres.
¡Niños. acordaros de traer un plato y una cuchara s'ius plau! Es una pena tener que gastar dinero en vajilla desechable, o sea no retornable ni reciclable, o sea contraria por todos lados al espíritu del mercadillo. 
Llega la sobremesa y el sopor de la hora bruja de la siesta. Se hacen corrillos, baja el tono de voz, la plaza se sienta, buscando la sombra, el refugio de un asiento cómodo. Se echa de menos el cafelito. Pero llega el chispas y un séquito con un camping-gas y una tetera. Té de menta para los más cansados.¡Qué bueno!
Y cuando todo está recogido, replegado, hasta la última migaja del almuerzo, viene el Peyo y sus Danzas del Mundo. Un éxito. Fin de tarde inolvidable.
Todos a bailar. Los más cansados se retiran discretamente. Pero incluso sentada, a mi se me van los pies detrás del ritmo. Un aplauso grande para todos los danzantes infatigables. Hay videos de eso, pero no sé cómo subirlos. O si sé, pero con el internet a pedales que tenemos aquí, no se me suben..
Dejaré quizás para otra entrada de blog, la noche de recogidas en nuestra casa. Los chorizos de Salamanca, el yogur compartido, el vino de nuez y el cómo Salva encuentra por fin las llaves perdidas. Y toda esta gente tan entrañable que nos acompañó. Se intentó hacer un mundo nuevo alrededor de una mesa, se durmió como se pudo y donde se pudo, y se desayunó con alegría al ritmo de una "ciruelita" que repartía sonrisas, abrazos y besitos para todo el mundo.
La próxima edición, el 27 de Marzo se barrunta aún mejor que las anteriores.